viernes, 14 de octubre de 2011

El poeta César Seco escribió sobre el libro "Rito de Desvelo" de Ennio Jiménez Emán.




El tránsito del desvelo y de la sombra
Por: César Seco


I

Ennio Jiménez Emán ha escrito un libro poderoso. Digo esto sin temor alguno de que lo que afirmo suene rimbombante, excesivo. Lo que digo es producto de varias lecturas de éste que se hace tener en las manos y cerca de los ojos, a la vez que escuchando su extraña resonancia. Un libro de poesía no nos conmueve porque tenga buenos poemas (bien escritos o que nos parezcan logrados, quiero decir), nos convencen por la carga de sentido y diversa significación a los que nos llevan, o bien, nos convence éste, cuando conocemos de vista, trato y comunicación al que lo escribió y constatamos que su escritura guarda fidelidad con su acendrada espiritualidad, y desde luego, con los trazos más particulares de su vida cotidiana, de sus preferencias y rechazos, de su bilis e interés humano, artístico.

Rito de Desvelo es la poética misma en que Ennio Jiménez Emán, cifra y descifra su canto, su decir, limpio, sin excesos verbales. Montado sobre una regia arquitectura compositiva de versos cortos, que denotan respeto por el silencio creador. El poeta corta con el escalpelo de la contención todo asomo de exceso y entre soledad y silencio va hilvanando su propuesta desde sus primeras páginas hasta el final:

busco construir con la palabra

un efímero sueño

una probable certidumbre

Crear una palabra

que nos mueva el piso

que nos subleve el corazón

concebir una palabra

engastada en nuestro ser

cual gema poderosa

indestructible.

El atisbo se nos vuelve convicción en las páginas siguientes. El lenguaje está ceñido a un decir envolvente, tal como un vaho nocturno que nos demanda permanecer despiertos ante lo que se abre y se cierra delante nuestro, en esos grandes ojos que la noche espabila: lo que se dibuja y se desdibuja, lo que se fuga y lo que permanece; lo que el poeta, en su intento, trata de aprehender y de lo cual nos hace partícipes, como un rito, nos lo conjuga y nos lo conjura, entre sombras y evanescencias.

La noche de enfrente

se enmarca en la ventana

se concreta en ese muro

en la sombra indolente

de cuerpos entregados a placer

lienzo nocturno

donde sigilosas criaturas

husmean escombros de su ser.

“La realidad es lo invisible” (dejó dicho Elías David Curiel), y sabemos que este autor es una de las lámparas con las que nuestro amigo poeta se ilumina en sus sobresaltos nocturnos, en su perplejidad escritural, entre espejismos y claridades. He aquí la fidelidad de su ciframiento, el trasluz de su poética: logra atrapar en compartimientos, en escenas fugaces, repentinas, propias de la ensoñación, las sombras que la noche erige y el día borra, donde el lodo material torna a polvo, a ceniza siempre inconclusa.

La soledad se presenta

con su puñal invisible

con su cara de horizonte

con sus manos abismadas

se nos planta de frente

con lenta gravedad

pedazo de sueño

la soledad nos inventa

nos seduce

nos alumbra

II

El libro que leemos aún después de pergeñar esta reseña y que invitamos a leer, está compuesto por cuatro apartados o bloques de poemas donde la característica principal, como lo hemos señalado líneas arriba, es la fidelidad del poeta con el súbito videncial y verbal del cual propende la escenificación de sus visiones en palabra escrita; recurrencias por las que llega sin afanes lúdicos ni excesos retóricos a una expresión nítida, armoniosa, sugerente antes que predecible, de la cual el poema Oficio es fidedigna muestra:

Transcribo furores

en borrosos papeles

rito de desvelo

noche sin edad

corrigiendo vocablos

en blancas hojas

formas del secreto

gramática de lo oscuro

que se desliza en la sangre

en el vitral de la mente

alquimia que aclara

la savia del idioma

cópula

en el altar del verbo

letanía de palabras

en el cristal del tiempo

que ama nuestra sombra

En la primera parte, denominada Rito, acudimos a la iniciación del poeta y su conversión en vidente. El poeta se ampara en la imaginación, esta es su atanor y le sirve para no disociarse del todo de una realidad que se le vuelve espejismo, alucinación; traspasa las puertas de la percepción y dialoga con sus alcoholes íntimos, la nostalgia, el entorno que se disgrega, los recuerdos. En la segunda parte, Desvelo, entramos a lo que llamaría el resuello alquímico de este libro y su autor: se cumple el viaje, el desplazamiento anímico y físico de éste: se asombra de las sombras, se hace, se vuelve él mismo, sombra que se asombra. En la tercera parte, titulada Nombres cruzados, el autor localiza sus sombras filiales, su familia poética, su tránsito por el mundo circunscrito de sus actos de vida y traslaciones de ámbito, desde la aldea local hasta el gran mundo de las ciudades cosmopolitas que entraman y desentraman su desvelo, sus pases mágicos, su forcejeo con los abismos, por lo que transgrede la visión primaria de los paisajes recorridos y el trato con rostros conocidos o en ausencia le permite acercarse y reconocer el suyo mismo, retornando por la puerta de sus súbitos y perplejidades compartidas. En la cuarta parte, titulada Zonas, viaja por espacios y lugares de ausencia en los que se bebe y embebe la memoria, en las que lucha con la disolución del tiempo y la reiteración al espacio perdido de la infancia, como una lluvia que no termina de caer del todo porque es la eternidad misma y de cuya conciencia se viaja a la vejez y la muerte, entre lunas y soles, en el vencimiento o afirmación de la vida, como fruto comido por la potestad del misterio.

La fotografía de César Seco que ilustra el Blog, corresponde a Ennio Jiménez Emán, Coro, 2008.

Rito de Desvelo. Ennio Jiménez Emán. Ediciones Imaginaria, 2010. Colección Voz del Numen.

jueves, 7 de abril de 2011

Ennio Jiménez Emán, fotografía de Laura Jiménez Morales, 2009.



Esta fotografía de 2009 la tomó mi sobrina Laura (egresada del área de Diseño Integral de la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy) en una de las incontables reuniones, celebraciones y convites familiares convocados en la casa materna de San Felipe, Yaracuy, Venezuela. Estábamos en amena tertulia algunos hermanos, primos, sobrinos, cuñados y Laura, quien tiene un ojo avezado para el retrato y el tratamiento plástico del color, cámara en mano, estaba tratando de captar un gesto desprevenido o un rasgo particular de sus posibles presas fotográficas. Luego en el jardín interior de la casa, hizo fotos más elaboradas a varios familiares, entre ellas ésta, aprovechando la iluminación disponible y el entorno sugestivo para otorgarle un tono cálido e íntimo al retrato.

Ennio Jiménez Emán, fotografía de Orlando Baquero, 1998.


En 1998 el fotógafo Orlando Baquero me llamó unos días antes desde Valencia para decirme que quería hacerme unas fotos en Caracas, y que lo ideal sería en mi espacio de trabajo en la Biblioteca Nacional de Venezuela, Foro Libertador, donde laboré por siete años. En un descanso de mis labores fuimos al patio central del Foro y Baquero se puso manos a la obra e hizo unas tomas de acercamientos o close-ups que se centran exclusivamente en la faz del rostro y obvian o eliminan el cabello y el cuello tomando las texturas y porosidades de la cara y de las superficies del material de fondo como contrastes y como partes sugerentes y plásticas del retrato.

Ennio Jiménez Emán, fotografía de Vasco Szinetar, 1991.


Una tarde a mediados del año 1991, quedamos en vernos mi amigo el fotógrafo Vasco Szinetar y yo en un Café de Sabana Grande para luego ir a hacerme él unos retratos en su estudio de esos años, ubicado en el 3er piso o azotea de un pequeño edificio situado en la calle trasera que comunica a la Plaza Venezuela con el edificio de Seguros La Previsora. Subimos a la azotea del edificio donde estaba su estudio, y allí Vasco armó la escenografía rápiday diligentemente como si estuviera organizando una tramoya teatral, buscando crear una atmósfera cálida acorde al entorno y a la vez sugiriendo el rasgo anímico del retratado.

miércoles, 6 de abril de 2011

Cioran el escéptico

(En el Centenario de su nacimiento, 1911-2011)
Por: Ennio Jiménez Emán



Del año 1976 data mi interés por la obra del filósofo y pensador rumano E. M. Cioran (1911-1995), cuando cursaba yo Letras en la Universidad Central de Venezuela. En la biblioteca de un compañero de estudios estaba el volumen de Fernando Savater, Ensayo sobre Cioran que, leído a saltos, estimuló mi entusiasmo por buscar su obra. En 1977 compré La caída en el tiempo (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977) y luego leí alguno que otro artículo suyo. Posteriormente, en los puestos de libros de las caminerías de la Facultad de Humanidades ví otros títulos de su autoría publicados en editoriales españolas, inaccesibles para mi bolsillo en ese tiempo. Un día que deambulaba por los pasillos de la Escuela de Filosofía, me encontré en un cesto de basura La tentación de existir (Editorial Taurus, Madrid, 1979), ejemplar que todavía conservo. El libro estaba todo maltratado, todo rayado y subrayado con alguna anotación, como si su dueño lo hubiera arrojado allí peleado con su autor.

Y no es para menos, ya que éste es un libro provocador, como todos los de Cioran. Las opiniones demoledoras sobre la religión, el misticismo, el judaísmo, el escepticismo, la literatura; la filosofía, ideología, la ciencia, la civilización occidental que allí se ventilan sacuden nuestras ideas convencionales sobre estos tópicos. Por los subrayados y comentarios me pareció entender que el lector reaccionó contra los duros, contundentes y acerbos juicios que expresa en sus páginas el pensador rumano contra los poetas y literatos, y sobre todo saturado por el ambiente cultural francés de sus tiempos de juventud y madurez, cuando había mucha vanidad, pose, esnobismo, petulancia en la escena intelectual parisina. En esas páginas arremetió también con ironía y cinismo contra las modas literarias, la miseria de la filosofía, las terapéuticas religiosas o profanas, el análisis psicológico, el parloteo vacuo de la escritura. No olvidemos que durante la estadía de Cioran en París -desde 1937 hasta 1995, año en que falleció-, prácticamente se dieron cita y ocurrieron todos los acontecimientos esenciales de la cultura francesa del siglo XX: el existencialismo, el surrealismo, el cubismo, el estructuralismo, la poesía objetual, el nouveau roman, la nueva ola del cine francés, el teatro del absurdo, el mayo francés y por supuesto con el trasfondo de la Segunda Guerra Mundial.
En La tentación de existir refiere Cioran entre otras cosas, que, saturado al máximo por ciertos letrados, “un día a la salida de un almuerzo literario, vislumbré la urgencia de una Noche de San Bartolomé de gentes de Letras”. En esta misma época cínica y descreída de Cioran, en el período de entreguerras, a los poetas o seudo poetas engreídos que fanfarroneaban y se vanagloriaban de su obra, les espetó en estas páginas: “Justo es añadir que he cometido el error de frecuentar a buen número de poetas. Salvo pocas excepciones, eran inútilmente graves, infatuados u odiosos, monstruos también ellos, especialistas, juntamente verdugos y mártires del adjetivo, y de los cuales había yo sobreestimado el diletantismo, la clarividencia, la sensibilidad para el juego intelectual”. Aunque también hay que decir que entre sus buenos amigos se contaron poetas de todo el mundo: los surrealistas, Michaux, Supervielle, Celan, Octavio Paz, poetas rumanos.
Así las cosas, a mediados de los años ochenta, cuando ya había leído parte de su obra, le dediqué un collage titulado “Viva Cioran” y un ensayo breve: “Lawrence, Cioran y el paganismo”, incluido después en mi libro Notas apocalípticas (1988). De sus libros siempre me han gustado sus tentadoras ideas, su escritura exaltada y pasional, dueña de una gran fuerza, de una vitalidad contagiosa que resulta de una especie de desgarradura interior para su autor. Estos textos nunca han pasado desapercibidos para mí y siempre me han insuflado ánimo a la hora de escribir. Desde sus ensayos largos hasta sus muy breves aforismos, algo hay en Cioran que me impulsa a poner en movimiento mis ideas, algo contagioso que me mueve a lanzarme sobre la página en blanco.
Leía pues, con avidez, sus ensayos y aforismos buscando sus frases y juicios lapidarios sobre la literatura, el suicidio o el escepticismo. Este último fue una actitud y una forma de reflexión que marcó su actividad vital, su pensamiento y su escritura. Ya sabemos que el escéptico es el hombre de la duda permanente, el que pone en tela de juicio toda certeza, el que observa con cautela. Nada se salva a su mirada corrosiva. Para Cioran las certezas "se marchitan, envejecen, mientras que las dudas conservan una frescura inalterable". Para el escéptico, entonces, nada de lo existente tiene consistencia: ni el saber, ni la verdad o la verosimilitud; ni el conocimiento, ni las teorías, métodos o dogmas. El escepticismo conlleva, pues, un rechazo instintivo de toda certidumbre: “El interés de la vida estriba en que no hay respuestas.(…) El destino del hombre es, como el de Rimbaud, fulgurante, es decir, breve”, declaró en una entrevista en 1983 (“Conversación con J.L. Almira”. E.M. Cioran, Conversaciones. Tusquets Editores, Barcelona, España, 1997). Todo es aparente. Incluso la misma filosofía es puesta en tela de juicio por el escepticismo, tratando de socavar sus fundamentos.
Así, pasaba el tiempo y me encontraba yo inmerso poco a poco, de manera inevitable, en las ideas de Cioran. Estaba en sintonía con ese escepticismo corrosivo presente en sus libros y con la exaltación que me provocaban sus ideas y su pensamiento fragmentario. Luego descubrí que el escepticismo se me hacía una condición familiar. Sin darme cuenta vivía inmerso en esa escuela de discreción que es la actitud escéptica. Vivía clavado en la duda, pensando en la vida que llevaría, en mis estudios, en el futuro, inconforme conmigo mismo. No me asaltaba la duda metódica de los filósofos, sino digamos una duda ontológica espontánea y visceral. Y esto no ha cambiado en mí a lo largo del tiempo; sigo evidenciando mis dudas y mis contradicciones hasta la actualidad. No soy un escéptico radical -más bien moderado- pero así y todo no creo mucho en la perfectibilidad del hombre y en un futuro mejor o superior de la humanidad, cosas así. Con toda razón el pensador rumano señaló que la interrogación permanente y el rechazo instintivos que conlleva el escepticismo, no son parte de un proceso, sino que son algo innato y espontáneo. Se nace escéptico, afirma Cioran. Aunque, como escribí en mi libro Diario nómada (Ediciones Imaginaria, San Felipe, Yaracuy, Venezuela, 2002): “Cuando afirmo mi escepticismo, no quiere decir que no deposite una buena dosis de optimismo, tolerancia o confianza en las relaciones personales cotidianas con mis semejantes: amigos, conocidos, vecinos, compañeros de trabajo, la comunidad, la gente en general”.
Por otro lado, no encontramos en Cioran (como quedó claro en sus entrevistas y conversaciones, y en sus escritos) a un escéptico rígido, dogmático, siniestro, “demoníaco” o achacoso, sino al contrario, a uno jovial con un gran sentido del humor, sensual, apasionado como buen rumano, fascinado por la música clásica y popular -incluso por el tango-, aunque sí a ratos desengañado, vigilante y muchas veces cínico. El escritor y pensador Fernando Savater, amigo suyo y traductor de sus libros en España, quien lo frecuentó por más de dos décadas, apunta en un artículo reciente que, en efecto, Cioran no fue un escéptico dogmático o maniqueo, sino que ejercía un pragmatismo escéptico fundado en el humor, el asombro y la amistad: “A veces los escépticos adoptan la arrogante superioridad y la suficiencia desdeñosa de los peores dogmáticos: están convencidos de que nada se puede saber con la misma altanería que otros muestran al afirmar su convicción de que saben cuanto puede saberse. En ambos casos lo malo no es ignorar o conocer, sino el estar tan radicalmente convencidos que ya nada puede asombrarles. Cioran pertenecía a la tierra del asombro, perplejo incluso en sus negaciones y rechazos más viscerales” (Fernando Savater, “En el Centenario de Emil Cioran (1911-1995). Un hombre asombrado… y asombroso”. Diario El País, Madrid, 13-03-2011).
Cioran nació en 1911 en Rasinari, Rumania, y murió en París en 1995. Recientemente, en enero de este año de 2011, pasé yo unos días en París y me alojé en el cuarto piso tipo buhardilla de un pequeño y viejo hotel del Barrio Latino en la calle Saint-André-des-Arts, en el 6º distrito, muy cercano al Boulevard Saint-Michel, al Sena y al Louvre. Precisamente Cioran habitó por más de cuarenta años en varias buhardillas de hoteles de esta zona del Barrio Latino que hoy no existen, o existen con otros nombres (en la Rue du Sommerard, Rue Racine, Rue Monsieur Le Prince) próximos a la Sorbona, al Jardín de Luxemburgo, a Cluny y al teatro Odéon (donde vivió hasta el final de sus días, en un apartamento rentado, en la Rue de l’Odéon). Por allí caminé, paseé y tomé fotografías; visité cafeterías, bares y restaurantes, librerías y galerías, imaginándome al pensador rumano deambulando por todos esos sitios atestados de gente.
Precisamente en un texto en prosa suyo escrito en rumano recién llegado a París a comienzos de los años cuarenta, y contenido en su libro Breviario de los vencidos, Cioran expresa su desarraigo y su soledad en la Ciudad Luz trajinando cotidianamente por el Boulevard Saint-Michel: "Pero cuando los desarraigos del mundo penetraban en el Barrio Latino y tú ibas con tu exilio a cuestas entre tantos Ahasverus, ¿de dónde sacabas las fuerzas para soportar las malditas servidumbres del corazón y el zumbido de la soledad en medio de la niebla soñadora de los bulevares? ¿Ha habido en el bulevard Saint-Michel algún extranjero más extranjero que tú y al que cualquier puta o algún pedigüeño le haya aspirado con más fruición su perfume barato?" (E.M. Cioran, Breviario de los vencidos. Tusquets Editores, Buenos Aires, 2010).
Cioran, el último moralista del siglo XX (moralista en el sentido nietzscheano, es decir, más bien un inmoralista que antes que predicar la moral, la estudia y la diseca: la invalida); el filósofo de la existencia, de la Nada y del absurdo, ejerció el escepticismo de una forma personal y encarnó igualmente al escéptico que vive con sus contradicciones hasta el final. Así, desde sus delirios insomnes de juventud, pasando por su misticismo ateo, Cioran desembocó en un escepticismo obstinado, impenitente y corrosivo que le sirvió incluso como una forma de autocrítica permanente. “Mi existencia demuestra que el mundo no tiene sentido alguno”, reza un aforismo suyo, condenando su propia existencia al fracaso y a la nada. Él, que vivió toda su vida exiliado, a contracorriente, al margen de la filosofía, de la literatura, de la religión, del trabajo, de la política, de su lengua originaria, de la existencia convencional, aferrado a la realidad de su pensamiento.
Las fotografías de París que acompañan este texto corresponden a Ennio Jiménez Emán (detalle de la fachada de la Ópera, Boulevard Saint Michel y sus alrededores). Igualmente el collage de Cioran. Derechos Reservados, 2011.

domingo, 31 de octubre de 2010

Tres poemas de Ennio Jiménez Emán



Poemas pertenecientes al libro Rito de desvelo,
Ediciones Imaginaria, 2010, San Felipe, Edo. Yaracuy,
Venezuela.


Intuición

A veces tu vida es
como un tonel sin fondo
donde trasiegan
los olvidados
los beodos
de la vendimia
los sacrificados
a un ídolo
antiguo
entre pámpanos
retoza un dios
o apostado
en mesas empedradas
derramando el vino
sus himnos
sin esperanza.


Oficio

Transcribo furores
en borrosos papeles
rito de desvelo
noche sin edad
corrigiendo vocablos
en blancas hojas
formas del secreto
gramática de lo oscuro
que se desliza
en la sangre
en el vitral de la mente
alquimia que aclara
la savia del idioma
cópula
en el altar del verbo
letanía de palabras
en el cristal del tiempo
que ama nuestra sombra.


Amor al arte

Por ti me embarcaré
en un sueño antiguo
en la edad de la noche
por ti viviré
el humilde día elegíaco
hasta el fondo
atribuladamente vivo
en el claustro de tu belleza
encantado
rompiendo los mármoles
fríamente adosados
en templos vacíos
en ebriedad incongruente
con alma enfebrecida
mente despejada
umbral tocado
el numen perfecto.

lunes, 11 de octubre de 2010

Poe en Nueva York

Por: Ennio Jiménez Emán


Las fotografías urbanas de Manhattan y el Bronx, y las de interiores de la cabaña que habitó Poe en el Bronx, corresponden a E.J.E. Igualmente el collage que ilustra el Blog.




Desde su primer contacto con esta ciudad cosmopolita (1831), Poe estableció una relación ambivalente con la misma. Por un lado, detestaba las aglomeraciones urbanas y los cenáculos de encumbrados, engreídos y mediocres intelectuales; por el otro, buscaba sumergirse en el dinamismo de una gran ciudad que le brindara oportunidad de ejercer sus dotes de escritor y crítico. Aunque el poeta, criado en Virginia, había vivido en Boston y Baltimore se encontraba ansioso de establecerse algún día en Nueva York definitivamente, hasta donde habían llegado sus éxitos como escritor. En esta ciudad Poe pasó quizás sus peores momentos existenciales, y produjo a la vez sus obras mejor logradas desde el punto de vista literario.

Su carrera como escritor fue vertiginosa. Su primer libro, Tamerlán y otros poemas, lo hizo imprimir de su propio bolsillo, sin nombre, en Boston, en 1829, el mismo año en que murió su madre adoptiva. En 1831, luego de haberse hecho expulsar de la Academia Militar de West Point llegó entonces, por primera vez a Nueva York con unos cuantos dólares en los bolsillos, que habían reunido sus compañeros cadetes de la academia para que editara un nuevo volumen de poemas. Ese mismo año lo publicó: Poemas, ahora sí firmado con su nombre en el cual autor incluye textos nuevos, otros viejos y algunos corregidos y mejorados. Empezó a ganar fama. Algunos de los poemas de este libro están considerados hoy en el mundo anglosajón como obras maestras que fueron guía y síntesis para el simbolismo poético del siglo XIX, tal es el caso de “La Ciudad del Mar”, cuyos versos iniciales rezan: “He aquí que la muerte ha erigido un trono en una extraña ciudad solitaria allá lejos, en el sombrío Oeste”.

Aunque logró publicar este libro, los meses que el poeta pasó en la ciudad, fueron desgraciados; casi sin un céntimo, vagó de un sitio a otro y es probable que haya pernoctado en oscuros albergues. Presa de presiones psicológicas y de estados melancólicos, seguramente aquí se consolidó su afición a la bebida y al consumo de láudano. La crisis del abandono de West Point y la ruptura con su padre adoptivo, John Allan, habían hecho estragos en la frágil constitución nerviosa de Poe, y estalló con toda su potencia en esos días neoyorquinos. Dicha constitución la heredó de sus verdaderos padres, David Poe, actor de teatro, bebedor impulsivo y sometido a diversos cambios de humor; y de Elizabeth Poe, actriz, mujer de temperamento exaltado, poseedora de un encanto mórbido. Para uno de sus biógrafos el poeta fue depositario de “factores hereditarios enormemente desequilibrados y funestos, bajo cuyo peso veremos errar a Poe en el oscuro espacio que media entre el genio y la locura”. Su trágica y atribulada vida encaja, pues, muy bien, dentro del parámetro del “poeta maldito”, modelo del genio durante el siglo XIX.

Vuelto a Baltimore después de unos meses (no se sabe cuántos exactamente) en Nueva York, vivió una existencia de verdadera pobreza, casi de miseria material y comenzó a escribir prosa. Muerto su hermano, se instaló en su buhardilla, y de allí salieron sus primeras doce narraciones cortas (short stories), hoy día consideradas piezas magistrales, publicadas casi todas en el Philadelphia Saturday Courier. Volvió a Virginia peleado con su padre adoptivo y encontró como protector a Thomas White.

En Richmond, desde pequeño, Poe fue educado en la más rancia tradición aristocrática por sus ricos padres adoptivos. En Virginia fungió como redactor de periódicos y revistas, se hizo cargo de su tía Mrs. Clem, y de su prima Virginia, con quien después se casó en 1836. Esta mujer enfermiza de 14 años, de frágil constitución, casi etérea y de inmensos ojos, (Poe la llamaba child wife), fue un verdadero alivio para el atormentado poeta, y parece haber sido el arquetipo de muchos de sus relatos; algún crítico opinó que “Las mujeres de las historias de Poe son casi incorpóreas, seres etéreos de belleza enigmática y casi siempre cercanos a la enfermedad y la muerte”.

En Richmond se fue consolidando como cuentista y crítico de primera línea, y cuando su protector se vio en dificultades financieras, fue de nuevo a instalarse en Nueva York en 1836, donde paso dieciocho meses. Estos meses no fueron de grandes pronósticos; asistió en la ciudad como espectador de una de la más aparatosas bancarrotas que padeció la urbe; grandes y prestigiosas empresas quebraron y no pudieron cancelar a sus ahorradores y pequeños comerciantes se arruinaron. The New York Review, que pensaba tener a Poe como colaborador, cerró sus puertas. Pudo vivir unos meses en la ciudad gracias a los buenos oficios de la tía Clem que estaba con los esposos Poe. En Carmine Street, abrió una pequeña pensión y con el poco dinero de los inquilinos, lograron solventar el gasto de algunos meses. Sin embargo, en estos días de penuria económica el poeta escribió su obra más larga en prosa: Narración de Arthur Gordon Pym. Con esta pieza, su autor se convierte en un precursor de la ciencia-ficción; considerada por su torrencial derroche de imágenes y visiones, como uno de los relatos más grandiosos que Poe haya escrito nunca. De nuevo la ciudad, de manera inexplicable, le motivaba fuertes dosis de inspiración. La atmósfera romántica, a veces un tanto siniestra y fantasmagórica que irradiaba Nueva York, con sus toques góticos y la silueta espectral que dibujaba en la distancia alumbrada por las débiles luces de gas, debió impresionar a Poe.

De aquí paso Poe a Filadelfia. En estos días aparece en Baltimore su cuento maestro, "Ligeia" donde campea la interacción entre el amor, la belleza y la muerte, envuelto en una atmósfera espectral. Según el crítico Walter Lenning, “Con esta narración Poe supera todos los modelos corrientes de historias románticas de espíritus y sueños. Un medio y una nostalgia primitivos susurran juntos en un oscilante y simbólico sueño de opio”. Empieza también a escribir sus relatos de corte policíaco (el ciclo del detective Dupin): Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget, con los que funda el género. Para Joseph Krutch (1926), “Poe inventó las historias detectivescas para no volverse loco”, tal era la atmósfera fantasmagórica y trágica en la que parecía envuelto: padecía de extravíos mentales, accesos de locura, delirios alcohólicos, enigmáticos estados de angustia, crisis de nervios, depresiones melancólicas, manías persecutorias, hipocondría, alucinaciones. En esta ciudad también apareció, en esa época, El escarabajo de oro, una de sus más famosas narraciones. Se editó toda su obra en prosa anterior, y su fama como literato, crítico y poeta se agrandaba cada vez más, a pesar de no haber podido fundar aquí una revista propia.

Durante su estadía en Filadelfia, también fustigó, en diversos periódicos, a los escritores que hacían críticas mercenarias para destruir, reseñas que eran pagadas por los libreros y editores y donde se perdía la objetividad. La situación en la ciudad se le hizo cada vez más insoportable, debido a las disputas con los círculos literarios y por la animadversión que generó entre los escritorzuelos locales.

De aquí, otra vez a Nueva York, en su última y más larga estadía: 5 años. Llega en abril de 1844 con Virginia, muy delicada de salud (tenía tuberculosis). Por una temporada se mantuvo a flote con la venta de algunos de sus libros y enseres que hizo en Filadelfia y con trabajos ocasionales y reseñas para los periódicos neoyorquinos. Al principio se estableció en una espaciosa granja a orillas del Hudson (la Finca Brennan), y vivió allí seis o siete meses, esperando que la salud de su esposa mejorara, al igual que su situación económica. Ninguna de los dos cosas ocurrió; pero en esta granja Poe escribió la última de sus historias policíacas, “La carta robada”, y su poema más famoso y universal, “El cuervo”, traducido en su época, en Francia por Mallarmé, y en Venezuela por Pérez Bonalde, entre otros, versiones que pasan por ser las más perfectas que se hallan logrado en otro idioma, del magistral poema. Allí, su creador pone en práctica lo mejor de su credo poético: dominio de la rima interna, variación de las estrofas, ordenación de las vocales hasta encontrar vibraciones y delicadas resonancias musicales. En este texto, según un crítico, “La unión de esa lengua artística y esa disposición magistral desembocará finalmente en un punto donde el contenido recuerda casi el encanto melancólico de una antigua música fúnebre y se funde con el ritmo en una unidad mágica”. “El cuervo” fue publicado por primera vez en Nueva York, en el Evening Mirror, en enero de 1845. En este periódico, Poe había entrado como uno de los redactores y su actividad allí duró varios meses. El poema trajo una legión de malos imitadores a lo largo de todos los Estados Unidos, incluso en Inglaterra, y fue recitado por su autor en varias ciudades.

Más tarde, trabajó en otra publicación: el Broadway Journal, y suscitó una candente polémica donde acusó de plagio al escritor neoyorquino Henry Lonfellow. Esta situación originó otro escándalo literario entre los escritores citadinos, sin tomar partido el propio Longfellow, y que obligó después a Poe a rectificar el tono de sus ideas, a veces un tanto duras e injustificadas contra dicho autor. Sin embargo, dejó un ácido resquemor entre los círculos literarios de la ciudad y por el cual le pasaron factura. En este periódico, el poeta ejerció la crítica teatral, hizo reseñas de espectáculos y dio conferencias. Hizo vida social y su casa se convirtió en centro de reuniones de intelectuales. Los tiempos parecían ser dichosos pero la salud de su esposa Virginia empeoró. Su fama se acrecentaba, pero continuaba tan pobre como antes.

Los años 1844-45 fueron, pues, muy movidos para Poe y su familia en N.Y. Primero se trasladaron a la Finca Brennan en el Alto Manhhattan, (donde, como ya vimos, escribió "El cuervo" y actualmente existe una calle con su nombre, por la cual pasé y tomé fotografías) y después de ocho meses, en febrero de 1845, se mudaron a 15 Amity Street (o calle de la Amistad, hoy 15 West 3rd. Street, cerca de Carmine Street, donde había vivido cuando llegó por primera vez a la ciudad); meses después se mudó a otra residencia cercana y luego el mismo año de nuevo volvió a la calle Amistad no. 85 (hoy 85 West 3rd). Este último inmueble hoy está restaurado y pertenece a los predios de la Universidad de Nueva York.

Se presentó el fatídico año 1846. Poe comenzó a escribir una serie de artículos para una revista muy popular de Filadelfia, lo cual llegó a convertirse en esa época en su única fuente de ingresos. Los artículos se centraban en el ataque frontal a los escritores neoyorquinos. Los autores que allí se nombraban, para muchos críticos, han pasado a la posteridad gracias a las opiniones de Poe, dándole la razón por las ideas expresadas. Pero los autores aludidos atacaron al poeta en uno de sus puntos flacos, la bebida, y elaboraron un retrato grosero y grotesco del autor de “El cuervo”. Poe expresó: “Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida y no la bebida a la locura”.

Por el escándalo armado y por la salud de Virginia, el poeta se retiró al campo, a la aldea de Fordham, (hoy día distrito del Bronx), donde alquiló una casa de campo. (A esta pequeña cabaña que ahora fue mudada unos cuantos metros más al oeste, hice yo una religiosa visita en 1995, durante una estadía corta en Nueva York, como un secreto homenaje a Poe). Allí agravó la salud de Virginia y luego murió. Estaba casi en la miseria en esos días. Desconsolado se sumergió en una crisis continua que lo mantuvo en cama varias semanas, al cuidado de su tía. Sin embargo, saliendo a flote, y en un rapto de inspirada melancolía, en esos días escribió poemas tan importantes como “Ulalume”, “The bells”, y su magistral ensayo-poema de aliento cósmico-metafísico, Eureka. En una carta expresaría de esta obra: “Ya no me queda nada más en la vida después de haber escrito Eureka”. En este texto intentaba Poe, nada menos, dar una explicación del universo, basada en una embriagada especulación poética y religiosa que no desdeña los tintes científicos.

Otras obras escritas allí fueron: “Hop-Frog”, y “La barrica del amontillado”. Medio recuperado, después de una breve escapada a Richmond para hacer algunos contactos literarios y por cierta nostalgia de sus años infantiles, y en la cual estuvo casi todo el tiempo borracho, volvió a Nueva York no sin antes hacer una escala en Providence, Rhode Island, donde vivió una pasión excéntrica con una viuda cuarentona, con la que estuvo a punto de casarse. A su paso por esta ciudad, a lo mejor también sembró el germen que enfermó a uno de sus nietos contemporáneos: el visionario H. P. Lovecraft.

Los últimos tres años de Poe tienen como centro a Nueva York con estadías cortas en Boston y Richmond. Para su biógrafo W. Lenning estos tres años, “son de una monotonía torturante y desconsoladora, un errado torbellino de excesos, derrumbamientos y amoríos histéricos, cuyas causas tal vez haya que buscarlas en un creciente desmoronamiento de su personalidad”. En junio de 1849 sale definitivamente de Nueva York y en octubre del mismo año muere en Baltimore a los 40 años. Había nacido en Boston en 1809. Su periplo por esta seductora y a la vez desgarradora ciudad, estaba concluído. Como afirma Lenning: “El escritor había viajado a Filadelfia y luego a Nueva York, con la seguridad de que las posibilidades de publicidad eran bastante mayores en estos estados que en el estancado Sur, pero no consiguió hacerse a la mentalidad yankee, cuyos axiomas eran -y son- optimismo, creencia en el progreso y mejora del mundo”.

Lecturas:

1. Walter Lenning, E. A. Poe. Editorial Salvat, Barcelona, 1985.

2. Julio Cortázar, Edgar Allan Poe. Ensayos y críticas. Alianza Editorial, Madrid, 1973.

3. A.H. Quinn, Edgar Allan Poe. A critical biography. New York, 1941.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Edward Said y las causas perdidas

Por: Ennio Jiménez Emán



A Edward Said lo descubrí por primera vez a mediados de los años 80 en la revista cultural Escandalar que dirigía mi amigo, el poeta Octavio Armand, en Nueva York, y que vendían algunas librerías de Caracas. Allí leí varios trabajos suyos, entre los que recuerdo el ensayo “Abecedarium Culturae”, texto denso lleno de sugerentes ideas sobre filosofía, literatura, artes, música, lingüística, antropología y otras disciplinas, y donde se entrecruzan planteamientos sobre la modernidad literaria y artística e igualmente las vanguardias, ideas originales sobre psicología, sociología y política entretejidos con los discursos plásticos y literarios. Estas ideas me resultaron, pues, muy claras y sugestivas, aunque finalmente no sé en que libro de Said fue incluido este “Abecedarium Culturae”.

Lo cierto fue que posteriormente continué topándome con ensayos, crónicas y estudios suyos esparcidos en periódicos, revistas y magazines culturales de varios países y traducidos a diferentes idiomas, pero era bastante difícil encontrar sus libros en librerías venezolanas e incluso latinoamericanas, porque parecían no haber sido traducidos. Sin embargo estos, escritos en inglés, circulaban sobre todo en Estados Unidos e Inglaterra, Israel, y países del mundo árabe como Egipto, Arabia Saudita, Líbano, Argel, entre otros. Así, pues, poco a poco se fue traduciendo su obra al español y otros idiomas y se fueron conociendo y difundiendo mejor sus ideas.

Más tarde alcancé a leer las páginas de su intensa, honesta y dolorosa autobiografía Fuera de lugar. De este libro opinó Salman Rushdie que era “un acto intensamente conmovedor de reivindicación y comprensión, el retrato de una educación transcultural, y a menudo dolorosa”. En las líneas finales del texto Said, ya enfermo de cáncer, estuvo luchando contra el insomnio y viendo que no había medios para vencerlo, decidió entregarse a él hasta ir perdiendo las fuerzas y morir agotado, pero en combate y con toda su energía.

Said nació en Jerusalén en 1935 y murió en 2003 en Nueva York. Fue profesor académico en varias universidades de Estados Unidos, sobre todo en Columbia, e invitado en Inglaterra a otras tantas. Sobre política escribió sendos libros y cientos de artículos esclarecedores, especialmente sobre el asunto palestino y sus repercusiones en el Medio Oriente y la escena internacional. Palestina está en la base de su pensamiento, esa tierra que sigue siendo arrasada por la barbarie de una cruel guerra sin fin donde, como afirma el escritor judío David Grossman, la muerte es una forma cotidiana de vida y el enfrentamiento no se lleva a cabo sólo entre palestinos e israelíes sino “entre los que no están dispuestos a ceder a la desesperación y los que intentan convertirla en una forma de vida”. Igualmente sus escritos sobre el humanismo occidental clásico y contemporáneo exponen ideas certeras, esclarecedoras, bien argumentadas y brillantemente expuestas.

En su libro Reflexiones sobre el exilio (Editorial Random House Mondadori, Barcelona, 2005), se recogen ensayos suyos sobre los temas que hemos mencionado con anterioridad y de aquí selecciono uno dentro de esta selva de conocimiento, erudición y buena escritura, que particularmente me llamó la atención. Es un ensayo sobre las “causas perdidas”, no sólo en política o historia, y que ya sabemos que en la cruzada política y desde “la narración global del poder” del mundo occidental del pasado siglo, corresponde a los pueblos minoritarios, aborígenes, comunidades negras, campesinas y gitanas marginadas de los epicentros culturales, y que sin embargo afirman contra viento y marea su supervivencia y autodeterminación, incluso en el presente siglo, sino que Said estudia cierta “narrativa de los perdedores” en la literatura europea, o más precisamente, en cuatro novelas: el Quijote, de Cervantes, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, La educación sentimental, de Flaubert y Jude el oscuro, de Thomas Hardy. Por supuesto el ensayo relaciona estas obras con sus contextos sociales y epocales y da pie a Said para reflexionar y repensar su actividad y la de sus correligionarios en el contexto de los últimos cuarenta años en el mundo árabe y del Islam en general, muy especialmente el conflicto árabe-israelí. Aquí me centraré sólo en el comentario literario, humanístico y filosófico de estas obras siguiendo la pista de los juicios de Said y asomando algunas opiniones mías.

Para ubicar y abarcar la intención y la característica existencial de los personajes de estas tres novelas, Said echa mano de un concepto que el crítico György Lukacs expone en su Teoría de la novela, según el cual el Quijote y La educación sentimental expresan a través de sus personajes una suerte de “romanticismo de la desilusión”, en donde el concepto del tiempo es percibido como ironía y donde “el héroe individual lucha por lo que nunca consigue: la correspondencia entre su idea y el mundo”. Según Lukacs en el mundo moderno la novela sustituyó a la épica. Mientras esta última presentó un mundo de dioses y héroes, la novela a partir del Quijote refleja “un mundo caído al que Dios ha abandonado”. De esta manera, comenta Said, los personajes de estas tres novelas “no pueden adaptarse realmente al mundo histórico y secular porque están habitados por los recuerdos de lo que han perdido”. Por supuesto que Don Quijote no pudo restablecer la época caballeresca ni tampoco revivir los ideales del Amadís de Gaula, pero, argumenta Said, “la fuerza de su convicción es tal que llega incluso a someter la sórdida realidad de este mundo nuestro, extremadamente falto de heroísmo” a “un idealismo cuyo convencimiento y fervor parecen mirar atrás, a una época que ya ha desaparecido”.

Otro tanto ocurre con los dos personajes principales de la novela de Flaubert, Frédéric Moreau y su amigo Deslauriers, quienes llegan a París llenos de sueños y ambiciones: intentan convertirse en el futuro en escritores, intelectuales o filósofos y luego en políticos encumbrados. Pero nada de esto logran. Diversos sucesos y acontecimientos van truncando sus sueños, incluyendo los días de la llamada revolución de 1848. El espíritu de la revolución y de Francia han dejado de existir ya que Napoleón III, sobrino de Bonaparte, domina el país. Moreau sobrevive y va del ocio de su inteligencia a la “inercia de su corazón” y no puede concretar ninguno de los sueños intelectuales de su juventud. Para referirse al estado donde caen los personajes de Flaubert, Said cita una frase de Max Weber para quien el mundo moderno no es un lugar de perpetuo veraneo sino “una noche polar de gélida oscuridad y dureza”.

Jude el oscuro, la última novela del escritor irlandés Thomas Hardy describe un personaje sin ningún aliento de esperanza, para quien se hace imposible alcanzar algún logro: es el rey de las causas perdidas. Jude Fowley, joven campesino, empieza su camino de ambiciones y trata de completar una carrera universitaria para así obtener conocimiento, éxito y reconocimiento social. Pero no ve concretada ninguna de estas metas. En el camino conoce el dolor, el desengaño y la pena. Las dos mujeres que entran en su vida tampoco le brindan el sosiego deseado. Así, se va decepcionando hasta llegar a la degradación y finalmente a la muerte.

Para Said el personaje de Hardy va al extremo, incluso más allá del de Cervantes y Flaubert. Escribe Said: “mientras Don Quijote y Frédéric Moreau podrían haber sido capaces de alcanzar algún logro, el uno como caballero y el otro como joven relativamente rico y de buena educación, Jude está incapacitado desde el principio. Hardy se ocupa de que ambas circunstancias y sus propias incapacidades socaven todo lo que hace”. Y más adelante arguye Said irrevocablemente: “Lo que la novela ofrece, por tanto, es una narración sin redención (…) Lo que quedan son las ruinas de las causas perdidas y la ambición derrotada”.

En la novela Los viajes de Gulliver (“un libro que sin duda no es una novela, sino una sátira política con un final extremadamente deprimente”, comenta Said) Swift lleva su personaje primero a un país diminuto, Liliputh, donde por su tamaño es dueño de una fuerza impresionante y colosal, pero a la vez posee como contraparte una evidente debilidad de carácter y ceguera social y política. Luego lo ubica en Brobdingnag, donde ahora es enano en un país de gigantes en el que una vez más “ni su agilidad relativa ni su gran experiencia le sirven de mucha ayuda”; allí no se le concede a Gulliver ni una pizca de gracia redentora: desde la perspectiva de los habitantes de Brobdingnag, todo lo noble o bueno parece ser terriblemente depravado. Swift deja en el aire un sentimiento absoluto de derrota.

Y según lo que exponen estos cuatro autores en sus obras tardías leídas por Said, el optimismo ingenuo de sus primeras obras y también presente en gran parte de la literatura occidental en general, de que “al final de los tiempos el bien prevalecerá y el mal será derrotado”, queda superado o anulado. Esto parecería expresarse, como piensa Said, en ciertas obras tardías de autores occidentales (y también orientales). Pero también sabemos que de por sí la vida es una “derrota”, ante las pocas posibilidades que tenemos frente a la muerte, pero precisamente, pienso yo, esta derrota es lo que le confiere un sentido particular a la vida.

Si pasamos de la literatura a la vida pública, entonces las “causas perdidas” toman otro sentido más práctico. Said reflexiona honesta y sabiamente en torno a su compromiso con la causa palestina y habla de las diferentes guerras donde el pueblo judío y el palestino se han visto llevados a protagonizar una lamentable tragedia humana. Indudablemente, como afirma Said, los palestinos tienen derecho a aspirar a construir una nación y aspirar a poseer una tierra natal. Pero los errores de ambos pueblos los han precipitado a una absurda guerra, que no se resuelve por los obstinados representantes radicales de ambos lados, que no quieren la paz.

Said puntualiza con lucidez que después de todas estas guerras territoriales y firmas de acuerdos de paz frustrados, “algo que comenzó con esperanza y optimismo, terminó con amargura o desilusión y decepción”, dándole forma a una “causa perdida”. Y refiriéndose a los judíos afirma que “fueron derrotados y destruidos una vez y consiguieron regresar en una fecha posterior” (Esta idea de la “derrota” histórica y existencial del pueblo judío también la sostenía Walter Benjamin). Entonces, escribe Said, la verdadera condición de una causa perdida humana, existencial -o política- “no queda ni incapacitada por un sentido paralizante de la derrota política ni impedida por el optimismo sin fundamento y la esperanza ilusoria”. Somos “derrotados”, pienso yo, pero hay que comenzar de nuevo sin ninguna garantía.

Como escribió Said al final de Fuera de lugar, cuando estaba en tratamiento de su enfermedad, siendo víctima del insomnio y de los trastornos corporales que ella conlleva, encontraba ratos de lucidez para reflexionar sobre la vida y la existencia, y entonces el insomnio y la posibilidad de no poder descansar se convertían en su última bendición: “Para mí no hay nada tan vigorizante como dejar atrás rápidamente el sopor después de haber perdido la noche”. O como afirma David Grossman en las primeras páginas de su crudo y poético libro La muerte como una forma de vida: "A veces, la reformulación de una situación que parecía ya perdida, eternizada y fosilizada, permite recordar que no existe en realidad ningún decreto divino que nos condene a ser víctimas irredentas de la apatía y la parálisis”.