Por: Ennio Jiménez Emán
domingo, 29 de abril de 2012
Por: Ennio Jiménez Emán
sábado, 24 de marzo de 2012
Antolínez y la búsqueda del centro.

Por. Ennio Jiménez Emán
Cuando leo el Diario de Mircea Eliade y cuenta sus investigaciones por casi cuarenta años en torno al mito, el símbolo y las imágenes de las diversas mitologías mundiales, de vez en cuando me viene a la mente el recuerdo de Gilberto Antolínez (quizás el Mircea Eliade venezolano), cuyos estudios sobre mitos y leyendas aborígenes de nuestro país (y de América) develaron brillantemente un mundo cultural rico y trascendente. Eliade afirma en el Diario que después de tantos años sumergido entre culturas y textos “primitivos” o “premodernos”, volviendo infinidad de veces sobre arquetipos, relatos de creación, dioses, constantes míticas, etc., su vida le había parecido dividida en etapas de una larga iniciación donde siempre le acecharon peligros, afrontados y superados, riesgos de perderse en oscuros laberintos donde se “arriesgaba a ser muerto, esterilizado”, pero siempre avizorando un centro. En fin fueron aventuras intelectuales y espirituales donde hubo mucho riesgo existencial. (…)Lo cual me recuerda de nuevo a Antolínez (quien era iniciado masón y gran estudioso del gnosticismo, la teosofía, la cábala). A mediados de los años 80 me confesó lo mismo durante algunas conversaciones que sostuvimos en su casa de la urbanización Coche y en la Biblioteca Nacional, en Caracas. Él sentía, igual que Eliade, que sorteando todos estos peligros y pruebas, debía sobreponerse. Tenía una meta que cumplir, acceder a un “centro” que le deparara una vida espiritual rica y plena. Y seguro que lo logró.
Texto tomado de mi libro Diario nómada. Ediciones Imaginaria. San Felipe, Yaracuy, Venezuela, 2002, pág. 133.
Fotografía: Oswer Díaz Mirelles, 1988. Derechos Reservados. De izquierda a derecha: Néstor Tablante y Garrido, Ennio Jiménez Emán, Gilberto Antolínez (1908-1998) en la conmemoración de los 50 años de la fundación de la Revista Nacional de Cultura. Lugar: Biblioteca Nacional de Venezuela, Caracas, 1988. Esta es quizás la última aparición pública de Antolínez en un evento cultural.
domingo, 18 de marzo de 2012
París.

Por: Ennio Jiménez Emán
viernes, 14 de octubre de 2011
El poeta César Seco escribió sobre el libro "Rito de Desvelo" de Ennio Jiménez Emán.

El tránsito del desvelo y de la sombraPor: César Seco
I
Ennio Jiménez Emán ha escrito un libro poderoso. Digo esto sin temor alguno de que lo que afirmo suene rimbombante, excesivo. Lo que digo es producto de varias lecturas de éste que se hace tener en las manos y cerca de los ojos, a la vez que escuchando su extraña resonancia. Un libro de poesía no nos conmueve porque tenga buenos poemas (bien escritos o que nos parezcan logrados, quiero decir), nos convencen por la carga de sentido y diversa significación a los que nos llevan, o bien, nos convence éste, cuando conocemos de vista, trato y comunicación al que lo escribió y constatamos que su escritura guarda fidelidad con su acendrada espiritualidad, y desde luego, con los trazos más particulares de su vida cotidiana, de sus preferencias y rechazos, de su bilis e interés humano, artístico.
Rito de Desvelo es la poética misma en que Ennio Jiménez Emán, cifra y descifra su canto, su decir, limpio, sin excesos verbales. Montado sobre una regia arquitectura compositiva de versos cortos, que denotan respeto por el silencio creador. El poeta corta con el escalpelo de la contención todo asomo de exceso y entre soledad y silencio va hilvanando su propuesta desde sus primeras páginas hasta el final:
…
busco construir con la palabra
un efímero sueño
una probable certidumbre
…
Crear una palabra
que nos mueva el piso
que nos subleve el corazón
concebir una palabra
engastada en nuestro ser
cual gema poderosa
indestructible.
El atisbo se nos vuelve convicción en las páginas siguientes. El lenguaje está ceñido a un decir envolvente, tal como un vaho nocturno que nos demanda permanecer despiertos ante lo que se abre y se cierra delante nuestro, en esos grandes ojos que la noche espabila: lo que se dibuja y se desdibuja, lo que se fuga y lo que permanece; lo que el poeta, en su intento, trata de aprehender y de lo cual nos hace partícipes, como un rito, nos lo conjuga y nos lo conjura, entre sombras y evanescencias.
La noche de enfrente
se enmarca en la ventana
se concreta en ese muro
en la sombra indolente
de cuerpos entregados a placer
lienzo nocturno
donde sigilosas criaturas
husmean escombros de su ser.
“La realidad es lo invisible” (dejó dicho Elías David Curiel), y sabemos que este autor es una de las lámparas con las que nuestro amigo poeta se ilumina en sus sobresaltos nocturnos, en su perplejidad escritural, entre espejismos y claridades. He aquí la fidelidad de su ciframiento, el trasluz de su poética: logra atrapar en compartimientos, en escenas fugaces, repentinas, propias de la ensoñación, las sombras que la noche erige y el día borra, donde el lodo material torna a polvo, a ceniza siempre inconclusa.
La soledad se presenta
con su puñal invisible
con su cara de horizonte
con sus manos abismadas
se nos planta de frente
con lenta gravedad
pedazo de sueño
la soledad nos inventa
nos seduce
nos alumbra
II
El libro que leemos aún después de pergeñar esta reseña y que invitamos a leer, está compuesto por cuatro apartados o bloques de poemas donde la característica principal, como lo hemos señalado líneas arriba, es la fidelidad del poeta con el súbito videncial y verbal del cual propende la escenificación de sus visiones en palabra escrita; recurrencias por las que llega sin afanes lúdicos ni excesos retóricos a una expresión nítida, armoniosa, sugerente antes que predecible, de la cual el poema Oficio es fidedigna muestra:
Transcribo furores
en borrosos papeles
rito de desvelo
noche sin edad
corrigiendo vocablos
en blancas hojas
formas del secreto
gramática de lo oscuro
que se desliza en la sangre
en el vitral de la mente
alquimia que aclara
la savia del idioma
cópula
en el altar del verbo
letanía de palabras
en el cristal del tiempo
que ama nuestra sombra
En la primera parte, denominada Rito, acudimos a la iniciación del poeta y su conversión en vidente. El poeta se ampara en la imaginación, esta es su atanor y le sirve para no disociarse del todo de una realidad que se le vuelve espejismo, alucinación; traspasa las puertas de la percepción y dialoga con sus alcoholes íntimos, la nostalgia, el entorno que se disgrega, los recuerdos. En la segunda parte, Desvelo, entramos a lo que llamaría el resuello alquímico de este libro y su autor: se cumple el viaje, el desplazamiento anímico y físico de éste: se asombra de las sombras, se hace, se vuelve él mismo, sombra que se asombra. En la tercera parte, titulada Nombres cruzados, el autor localiza sus sombras filiales, su familia poética, su tránsito por el mundo circunscrito de sus actos de vida y traslaciones de ámbito, desde la aldea local hasta el gran mundo de las ciudades cosmopolitas que entraman y desentraman su desvelo, sus pases mágicos, su forcejeo con los abismos, por lo que transgrede la visión primaria de los paisajes recorridos y el trato con rostros conocidos o en ausencia le permite acercarse y reconocer el suyo mismo, retornando por la puerta de sus súbitos y perplejidades compartidas. En la cuarta parte, titulada Zonas, viaja por espacios y lugares de ausencia en los que se bebe y embebe la memoria, en las que lucha con la disolución del tiempo y la reiteración al espacio perdido de la infancia, como una lluvia que no termina de caer del todo porque es la eternidad misma y de cuya conciencia se viaja a la vejez y la muerte, entre lunas y soles, en el vencimiento o afirmación de la vida, como fruto comido por la potestad del misterio.
La fotografía de César Seco que ilustra el Blog, corresponde a Ennio Jiménez Emán, Coro, 2008.
Rito de Desvelo. Ennio Jiménez Emán. Ediciones Imaginaria, 2010. Colección Voz del Numen.
jueves, 7 de abril de 2011
Ennio Jiménez Emán, fotografía de Laura Jiménez Morales, 2009.

Esta fotografía de 2009 la tomó mi sobrina Laura (egresada del área de Diseño Integral de la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy) en una de las incontables reuniones, celebraciones y convites familiares convocados en la casa materna de San Felipe, Yaracuy, Venezuela. Estábamos en amena tertulia algunos hermanos, primos, sobrinos, cuñados y Laura, quien tiene un ojo avezado para el retrato y el tratamiento plástico del color, cámara en mano, estaba tratando de captar un gesto desprevenido o un rasgo particular de sus posibles presas fotográficas. Luego en el jardín interior de la casa, hizo fotos más elaboradas a varios familiares, entre ellas ésta, aprovechando la iluminación disponible y el entorno sugestivo para otorgarle un tono cálido e íntimo al retrato.
Ennio Jiménez Emán, fotografía de Orlando Baquero, 1998.

En 1998 el fotógafo Orlando Baquero me llamó unos días antes desde Valencia para decirme que quería hacerme unas fotos en Caracas, y que lo ideal sería en mi espacio de trabajo en la Biblioteca Nacional de Venezuela, Foro Libertador, donde laboré por siete años. En un descanso de mis labores fuimos al patio central del Foro y Baquero se puso manos a la obra e hizo unas tomas de acercamientos o close-ups que se centran exclusivamente en la faz del rostro y obvian o eliminan el cabello y el cuello tomando las texturas y porosidades de la cara y de las superficies del material de fondo como contrastes y como partes sugerentes y plásticas del retrato.
Ennio Jiménez Emán, fotografía de Vasco Szinetar, 1991.

Una tarde a mediados del año 1991, quedamos en vernos mi amigo el fotógrafo Vasco Szinetar y yo en un Café de Sabana Grande para luego ir a hacerme él unos retratos en su estudio de esos años, ubicado en el 3er piso o azotea de un pequeño edificio situado en la calle trasera que comunica a la Plaza Venezuela con el edificio de Seguros La Previsora. Subimos a la azotea del edificio donde estaba su estudio, y allí Vasco armó la escenografía rápiday diligentemente como si estuviera organizando una tramoya teatral, buscando crear una atmósfera cálida acorde al entorno y a la vez sugiriendo el rasgo anímico del retratado.
miércoles, 6 de abril de 2011
Cioran el escéptico
Por: Ennio Jiménez Emán

6 data mi interés por la obra del filósofo y pensador rumano E. M. Cioran (1911-1995), cuando cursaba yo Letras en la Universidad Central de Venezuela. En la biblioteca de un compañero de estudios estaba el volumen de Fernando Savater, Ensayo sobre Cioran que, leído a saltos, estimuló mi entusiasmo por buscar su obra. En 1977 compré La caída en el tiempo (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977) y luego leí alguno que otro artículo suyo. Posteriormente, en los puestos de libros de las caminerías de la Facultad de Humanidades ví otros títulos de su autoría publicados en editoriales españolas, inaccesibles para mi bolsillo en ese tiempo. Un día que deambulaba por los pasillos de la Escuela de Filosofía, me encontré en un cesto de basura La tentación de existir (Editorial Taurus, Madrid, 1979), ejemplar que todavía conservo. El libro estaba todo maltratado, todo rayado y subrayado con alguna anotación, como si su dueño lo hubiera arrojado allí peleado con su autor.
, el teatro del absurdo, el mayo francés y por supuesto con el trasfondo de la Segunda Guerra Mundial.
ba el tiempo y me encontraba yo inmerso poco a poco, de manera inevitable, en las ideas de Cioran. Estaba en sintonía con ese escepticismo corrosivo presente en sus libros y con la exaltación que me provocaban sus ideas y su pensamiento fragmentario. Luego descubrí que el escepticismo se me hacía una condición familiar. Sin darme cuenta vivía inmerso “en esa escuela de discreción” que es la actitud escéptica. Vivía clavado en la duda, pensando en la vida que llevaría, en mis estudios, en el futuro, inconforme conmigo mismo. No me asaltaba la duda metódica de los filósofos, sino digamos una duda ontológica espontánea y visceral. Y esto no ha cambiado en mí a lo largo del tiempo; sigo evidenciando mis dudas y mis contradicciones hasta la actualidad. No soy un escéptico radical -más bien moderado- pero así y todo no creo mucho en la perfectibilidad del hombre y en un futuro mejor o superior de la humanidad, cosas así. Con toda razón el pensador rumano señaló que la interrogación permanente y el rechazo instintivos que conlleva el escepticismo, no son parte de un proceso, sino que son algo innato y espontáneo. Se nace escéptico, afirma Cioran. Aunque, como escribí en mi libro Diario nómada (Ediciones Imaginaria, San Felipe, Yaracuy, Venezuela, 2002): “Cuando afirmo mi escepticismo, no quiere decir que no deposite una buena dosis de optimismo, tolerancia o confianza en las relaciones personales cotidianas con mis semejantes: amigos, conocidos, vecinos, compañeros de trabajo, la comunidad, la gente en general”.
Odéon). Por allí caminé, paseé y tomé fotografías; visité cafeterías, bares y restaurantes, librerías y galerías, imaginándome al pensador rumano deambulando por todos esos sitios atestados de gente.
acorriente, al margen de la filosofía, de la literatura, de la religión, del trabajo, de la política, de su lengua originaria, de la existencia convencional, aferrado a la realidad de su pensamiento. 
